La Autoestima de los hijos y la Familia


“Todo niño que llega a este mundo no lo hace con un plan detallado de lo que hará o será en su vida. Esto proviene de los adultos con los que convive, las figuras de supervivencia”. (V. Satir).

Puede decirse entonces que la relación conyugal es el eje en torno al cual se forman todas las otras relaciones familiares. La relación conyugal influye en la homeostasis (equilibrio) familiar. La pareja de padres se transforma en “los arquitectos” de la familia.

Desde que nace todo niño necesita continuidad en la relación con los adultos, en especial con su madre: “cuando es alimentado, tocado, cuando se le habla, se le da calor, necesita que sea la misma persona, la misma voz, el mismo toque humano que lo introduzcan a la existencia y a la presencia predecible del otro”. Aún resueltas esas necesidades aprende a requerir la presencia física de su madre como una persona esencial en su vida.

Aprende cómo influir en las respuestas de otros y cómo predecir dichas respuestas: aprende a diferenciar a la madre de otras personas y a manejar su llanto y/o sonrisa para conseguir que se le atienda”. Aprende a reconocer y diferenciar al padre y a desarrollar respuestas que influyan en éste.

Aprende a estructurar su concepto del mundo con la ayuda del lenguaje. Diferencia y clasifica los elementos que le rodean más allá del suyo y del de sus padres. De ellos aprende no sólo a clasificar sino también a evaluar y a predecir; a diferenciar entre sentimientos “buenos” y sentimientos “malos”, entre conducta buena y conducta mala, etc. Comienza a elaborar el concepto de sí mismo en dos grandes áreas: “como una persona hábil y como una persona sexual o sexuada”. Esta es una de sus más grandes necesidades luego de las necesidades de supervivencia física.

Para que desarrolle el respeto hacia sí mismo como una persona hábil, capaz de valerse por sí mismo, necesita por lo menos que uno de los padres le confiera validez a los pasos que da durante su desarrollo. Para validar estas habilidades, los progenitores deben ser capaces de reconocer cuándo su hijo ha alcanzado una etapa de su desarrollo y en qué momento concederle validez. O sea que para que esta validación sea verdadera debe concordar con las necesidades de su hijo. Además, la forma en que los padres expresen su validación debe ser clara, directa y específica.

Esto no excluye que los progenitores no critiquen las acciones de su hijo, ellos son los socializadores; deben enseñar a sus vástagos que no son el centro del mundo de sus padres ni del mundo en general. Cada hijo necesita desarrollar habilidades para equilibrar y enfrentarse a los requerimientos propios, los requerimientos de las demás personas y los requerimientos del contexto, en este momento y bajo estas circunstancias; de ahí que las “restricciones” y la “validación” no sean términos que se contrapongan.

Si cuando uno de los progenitores, valida las capacidades de su hijo, el otro contradice esta validación, el aprendizaje de la criatura será más difícil y éste manifestará lo que sabe de una manera más inconsistente. Si los padres no validan una capacidad de su hijo (si no la ven o si la castigan) el vástago seguirá creciendo (ley de la vida) pero quizás se abstenga de manifestar su capacidad de crecimiento; tal vez la manifieste secretamente o distorsionadamente. En cualquiera de los casos, su capacidad de crecer no contribuirá a la autoestimación del hijo.

Cada hijo desarrollará estimación hacia sí mismo como persona sexual o sexuada, sólo si ambos padres le validan su sexualidad: Tiene que identificarse con su propio sexo; sin embargo, esa misma identificación debe incluir una aceptación del otro sexo.

La validación sexual es el resultado de un sistema de aprendizaje en el que intervienen tres personas. Los padres validan la sexualidad de sus hijos a través de la manera en que lo tratan como una pequeña persona sexual o sexuada; pero la validan, principalmente, cuando sirven como modelos de una relación funcional y satisfactoria entre un hombre y una mujer. Esa demostración tiene más peso en la identificación sexual de sus hijos que todo lo demás, ya que los papeles que las personas desempeñan socialmente y que tienen mayor influencia psicológica en sus vidas están ligados al sexo.

Si acaso faltara alguno de los progenitores, el vástago tomará del medio que le rodea los elementos que le falten en su vida familiar para construir sus propios modelos (abuelos tíos, hermanos mayores, vecinos, maestros, etc.). Son capaces de integrar una imagen de la figura ausente basándose en los datos y anécdotas que conoce acerca de ella a través de sus familiares.

Cuando los padres no son capaces de validarse entre sí como personas sexuales, tampoco podrán validar a sus hijos como personas sexuales.

Para validar las habilidades de su hijo, los progenitores deben ser capaces de reconocer cuándo éste ha alcanzado una etapa de su desarrollo y en qué momento concederle validez; dicho de otra manera, para que la validación sea verdadera debe concordar con las necesidades, las capacidades y el grado de desarrollo del hijo; además la forma en que los padres expresan esta validación debe ser clara, directa y específica.

Cuando los padres no pueden validarse entre sí como personas sexuales se pueden presentar las siguientes situaciones:

  • Existirá entre ambos menosprecio, ya sea abierta o encubiertamente, lo que les impedirá proporcionar modelos de una relación hombre-mujer funcional y satisfactoria.
  • Si cada un@ está en conflicto con el otro, también estará en conflicto con sus hijos. Por tanto, éstos recibirán mensajes contradictorios de sus padres respecto a lo que deben ser y hacer. Les pedirán que vayan en dos direcciones distintas a la vez.
  • Además los padres les usarán como peones en el conflicto conyugal, para que tomen partido; a veces se verán despreciados de manera alterna por uno de los progenitores y validados por el otro. Se verán sujetos a experiencias altamente contradictorias y discrepantes.

Por lo general los hijos se realizan a sí mismos una serie de preguntas para tratar de entender la naturaleza del conflicto y cómo resolverlo y/o salir de él, lo que casi siempre termina presentándoles una serie de contradicciones muy simples:

¿Cómo me trata mi madre? ¿Cómo me trata mi padre?

De hecho los hijos se preguntan ¿cómo reacciona mi padre y/o mi madre frente a mi sexo, frente al desarrollo de mi sexualidad (masturbación, sentimientos sexuales, juegos sexuales, besos, caricias, etc.)?

Los hijos elaboran sus propias respuestas porque experimentan en forma directa las actitudes de los padres (supongamos que es un varón):

  • Escucha lo que cada progenitor le dice; quizá mamá diga que no es natural masturbarse, tal vez papá le diga que no hace daño hacerlo.
  • Escucha lo que cada progenitor dice al otro acerca del hijo mismo; quizá papá diga de él que es un debilucho; tal vez mamá le diga que no es cierto, que lo que pasa es que está muy tierno todavía.
  • Observa como cada uno de los padres se comporta con él; quizá papá se ría cuando el “colecciona muchachas”; tal vez mamá lo regañe por besar a cualquier muchacha.
  • Nota cómo cada uno de los padres reacciona a la conducta que el otro muestra hacia el hijo mismo; quizá papá lo castigue si regresa tarde a la casa; tal vez mamá regañe a papá por ser tan estricto con él.
  • Nota cómo cada uno de los padres le dice de qué modo debe comportarse y cómo se comportan ellos mismos; quizá papá le dice que no robe, y al mismo tiempo se jacte de que hizo trampa en sus impuestos. Tal vez mamá le diga que no mienta y le permite decir mentiras para salvar alguna situación en la escuela.

¿Cómo se tratan papá y mamá entre sí?

En este aspecto de la vida familiar, los hijos no siempre pueden basarse en su experiencia directa; todo lo que puede observar directamente es cómo sus padres parecen llevarse entre sí día tras día, y esto también puede confundirlo.

  • Tal vez los ve pelear durante el día, y sin embargo, duermen en la misma cama en la noche.
  • Quizá los oiga quejarse de “estar atado a las faldas de la mujer” o “estar encadenada al hombre”, y sin embargo ve cómo cualquiera de los dos se muestra apenado cuando el otro está ausente.
  • Quizá no los vea pelear abiertamente, pero observa, a través de su conducta, cuando uno está tenso y enojado con el otro.
  • Tal vez le parezca que están perennemente lastimados y no sepa que cosa les lastima.

Para agregar otro factor a la confusión posible, el niño debe integrar la forma como los padres se tratan entre sí con la forma como lo tratan a él. De forma consciente o inconsciente debe preguntarse:

  • ¿Cómo es que la madre le dice al hijo cuando está lastimada o triste y, en cambio, nunca de lo dice al padre?
  • ¿Cómo es que el padre le da a él todo lo que quiere y, en cambio, se enoja cuando la madre se compra un vestido?
  • ¿Cómo es que la madre lo alienta a ser el muchacho más macho del vecindario y, sin embargo, insiste en que el padre controle su ira?

¿Cómo me dice mamá que trate a papá? ¿Cómo me dice papá que trate a mamá?

El niño se pregunta: ¿menosprecia mamá a papá, pero me dice que lo trate con respeto? ¿Golpea papá a mamá, pero me dice que la trate con respeto?

Muchas de esas experiencias contradictorias podrían explicarse y de hecho se explicarían en una familia donde las normas de comunicación sean abiertas y claras, ya que el niño tendría la libertad de preguntar al respecto. Así él podría entender que cada experiencia corresponde a un conjunto específico de variables y no necesariamente se liga a otra experiencia similar. En una familia conflictiva los hijos creen que no deben hacer preguntas ya que éstas podrían conducir a discusiones sobre la relación conyugal y a la pareja le duele demasiado dicha relación para poder discutirla abierta y francamente. Así cuando los hijos se quedan con contradicciones no explicadas, buscarán como explicárselas por sí mismos y a menudo llegarán a conclusiones incompletas. Tal vez opine de la relación hombre-mujer que “si uno es el lastimado, el otro es quien lastima”; “si uno es débil, el otro es fuerte”; “si uno pierde el otro gana”; si uno es bueno el otro es malo”.

Conclusiones tan simples hacen que se dificulte el integrar modelos y lesionan gravemente el desarrollo de la autoestima:

  • El hijo tratará de rechazar a uno de los padres y escogerá al otro; al hacerlo deja de incluir a uno de los sexos como modelo. Puesto que no puede hacer esa elección sin ambivalencia, el rechazo de uno de los sexos es siempre incompleto.
  • Puede tratar de rechazar a ambos, pero deja de incluirlos como modelos, rehusando integrar el concepto de los varones en relación con las mujeres y viceversa, lo cual también es incompleto.
  • Puede tratar de integrar lo que no puede integrarse, intentando ir en ambas direcciones al mismo tiempo, al hacerlo permanece inmóvil en sus esfuerzos de utilizar cualquiera de los modelos sexuales.

La autoestima de un muchacho por sí mismo, como varón, sufrirá más si su padre parece ser el más herido, menospreciado o devaluado en la relación conyugal. La autoestima de una muchacha se verá menoscabada si observa que su madre es la más herida. Puesto que a los hijos les es más fácil identificarse con el progenitor del mismo sexo, les asusta observarlo ya sea hiriendo o siendo herido. No obstante, de los dos hechos la amenaza de ser herid@ es la que más asusta: “¡Esto me pasará a mí también!

Si los padres, de manera constante, muestran que consideran a sus hijos como personas dueñas de sí misma y sexuadas, y si exhiben ante ellos una relación hombre-mujer satisfactoria y funcional, los hijos adquieren autoestimación y se vuelven cada vez más independientes de ellos.

La estrecha relación que existe entre la validación de los padres, la autoestimación, la independencia y la originalidad se ve con claridad cuando un@ observa cómo una persona con problemas todavía se aferra a sus padres, o busca figuras que los sustituyan, o se relaciona con su compañero sexual como si ese compañero fuera, de hecho, un progenitor.

Los padres que no validan a sus hijos habitualmente están demasiado desilusionados en su relación conyugal, y demasiado ocupados en satisfacer sus propias necesidades, para siquiera poder ver a sus hijos como individuos y mucho menos ver sus necesidades. Estos padres son, a su vez, productos de cuidados parentales disfuncionales. Cabe señalar que su falla para validar es más un acto de omisión y no un acto voluntario; desean desesperadamente ser buenos padres y madres.

Como no se percatan de que su propia relación conyugal dolorosa influye en su manera de dar cuidados parentales, no se dan cuenta del hecho de que lo que construyen con una mano lo destruyen con la otra.

Educar a los hijos no es tarea fácil, nadie nos enseña cómo hacerlo, ni siquiera pasamos un curso para padres y madres. Aprendemos a punta de ensayos y de errores. Nos guiamos por nuestras experiencias y nuestra discreción.

A veces nos atemoriza tanto que quisiéramos desistir de tan pesada carga, pero las recompensas recibidas de esas creaturas que fuimos formando a lo largo de nuestras vidas, hacen que valga la pena todo lo malo que pueda sucedernos

No hay que temer al fracaso, los errores sólo los cometen aquellos que intentan hacer las cosas; el equivocarnos nos puede ayudar a mejorar nuestra vida si sabemos analizar y reflexionar sobre dichos errores, ese es el camino de la autosuperación, así es como podemos crecer y madurar los seres humanos.

Basado en conceptos de Virginia Satir

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