El Exceso de estímulos y El Déficit de Atención 2


Vos quizás no llegaste a vivir esa época, donde tener un juguete, una posesión infantil era un regalo inapreciable que te daba la vida. No importa si era una bicicleta, una patineta o unos carritos metálicos con los cuales podías echar a volar tus músculos, tu imaginación y que te servían de imán para atraer a los otros chavalos de la cuadra. Los cuidabas como si fueran de oro. Te duraban años. Porque si los fregabas o perdías, hasta ahí llegaban.

Los nacidos entre los 60 y los 80, creo que sí me entienden y pueden correr la película para recordar esos momentos infantiles.

El que tenía la manopla, el bate y la pelota era el que mandaba, el que escogía a los mejores para su equipo (de 3 jugadores). Los demás nos plegábamos a sus caprichos con tal de poder jugar. El rollo era cuando botaba la gorra y se iba, pues se llevaba los tiliches y adiós juego.

Para no seguir siendo chantajeados por “el riqui ricón”, nos íbamos al solar vacío donde jugábamos y escarbamos en los ripios de madera que ahí tenía la doña que hacía las tortillas, seleccionamos las reglas que más se acercaban a la forma de un bate y las escondimos (nuestra colección de bates). Hasta nos dimos el lujo de “escoger” cuál era que la usaríamos para batear (al estilo de las Grandes Ligas).

Como pelota usamos aún más nuestra imaginación, arrasamos con todos los vueltos que quedaban mal parqueados en las casas y empezamos a juntar para comprar en la pulpería cintas adhesivas de las que usan los electricistas (rojas, amarrillas, verdes – las negras no porque no se veían). Tomábamos una piedrita de regular tamaño tipo “chibola” (canica) y la poníamos en el centro de una hoja de papel, la cubríamos con esa hoja hasta hacer una pelota. Luego otra y otra y otra hoja, hasta que quedaba sólida, la cubríamos con la cinta adhesiva y ¡Listo!… Nuestra pelota profesional de béisbol estaba lista y servida para el juego de estrellas.

La calle era nuestro lugar para feybuquear, guasapear, divertirnos. La tele era un lujo en casi todas las casas. Te podías considerar dichoso si eras amigo de alguien con una tele, porque podías pasar a la sala de su casa a ver los muñequitos en inglés y en blanco y negro, y no estar de pie en la acera de la calle, viendo de lejos el asunto, como lo hacían la gran mayoría.

¿Y qué tiene que ver esta chochera con el Déficit de Atención?

¡Simple! – No existía

Si no ponías atención en clases a pija y rincón te enderezaban. ¿Que no era lo correcto? ¡Estás en lo cierto chaparrón!, pero te jodía menos que la Ritaline de hoy.

En estos días los cipotes tienen más juguetes que comida y pañales. No cuidan lo que tienen porque ni siquiera los usan, si los usan y se les friegan, papi y mami le compran otro mejor. ¡Así de simple!

Estamos en la era del “clínex”, lo usás y luego lo desechás. Hasta los electrodomésticos son de esa onda. Las refrigeradoras se deschincaban al ratito, la tele no aguanta muchas horas de uso.

Los otrora cipotes de barrio, calzones chingos y zapatos burros, que cuidábamos lo nuestro como si fuera de oro nos hemos convertido en personas más sofisticadas. Nos gusta tener muchas opciones e intentamos que nuestros hijos tengan todo lo que desean y, si es posible, mucho más. Sin embargo, no nos damos cuenta de que al mimarles excesivamente contribuimos a crear un ambiente en el que pueden proliferar los trastornos mentales. No nos hemos preocupado por preguntarnos si realmente les estamos proporcionando a nuestros hijos un entorno sano desde el punto de vista mental y emocional.

He leído en internet que las generaciones de hoy en día, aunque están seguros desde el punto de vista físico, mentalmente están viviendo en un entorno similar al que se produce en las zonas de conflictos armados, como si su vida peligrara. Estar expuestos a demasiados estímulos provoca un estrés que se va acumulando y obliga a los niños a desarrollar estrategias para sentirse a salvo. Están expuestos a un flujo constante de información que no son capaces de procesar. Se ven obligados a crecer deprisa ya que los adultos colocan demasiadas expectativas sobre ellos, haciendo que asuman roles que en realidad no les corresponden. De esta manera, el inmaduro cerebro de los niños es incapaz de seguir el ritmo que impone la nueva educación, y se produce un gran estrés, con las consecuencias negativas que este provoca: “Déficit de Atención, Trastorno de Conducta Oposicionista o Desafiante, Trastornos depresivos, Anorexia, Bulimia, etc.”.

Las cuatro patas del exceso

Normalmente queremos darle lo mejor a nuestros hijos. No queremos “que vivan o pasen las cosas negras que nosotros vivimos”. Les damos las cosas materiales, los permisos y las libertades que no tuvimos o no nos dieron. Queremos que sean lo que no pudimos ser en nuestra infancia.

Nos hemos convertido en padres que obligan a sus hijos a participar en una infinidad de actividades que, supuestamente, les preparan para la vida: Cursos de Inglés, de Computación, de Natación, de Etiqueta, de, de, de…

Como si esto no bastara, llenamos sus cuartos de libros (que ni leen), tele de plasma, compu, nintendo y juguetes. Por ahí dicen que los niños de hoy tienen, como media, 150 juguetes. Es demasiado, y cuando es demasiado, los niños se sienten abrumados. Como resultado, juegan de manera superficial, pierden el interés fácilmente por los juguetes y por su entorno y no desarrollan su imaginación.

Kim Payne, profesor y orientador estadounidense, ha investigado sobre este tema, y afirma que los cuatro pilares del exceso sobre los cuales se erige la educación actual de los niños son:

  1. Demasiadas cosas
  2. Demasiadas opciones
  3. Demasiada información
  4. Demasiada velocidad

Los abrumamos de tal manera que no tienen tiempo para explorar, reflexionar y liberar las tensiones cotidianas. Demasiadas opciones terminan destruyendo su libertad y les roba la oportunidad de aburrirse, que es fundamental para estimular la creatividad y el aprendizaje por descubrimiento.

Poco a poco, la sociedad ha ido erosionando la maravilla que implica la infancia, hasta tal punto que algunos psicólogos se refieren a este fenómeno como “la guerra contra la infancia”. Basta pensar que en las dos últimas décadas los niños han perdido una media de 12 horas semanales de tiempo libre. Incluso los colegios y las guarderías han asumido una orientación más académica.

Sin embargo, un estudio realizado en la Universidad de Texas ha revelado que cuando los niños juegan deportes bien estructurados se convierten en adultos menos creativos, en comparación con los pequeños que han tenido mucho tiempo libre para jugar. De hecho, los psicólogos han notado que la forma de jugar moderna genera ansiedad y depresión. Obviamente, no se trata sólo del juego más o menos estructurado sino también de la falta de tiempo.

Dejarlos ser Niños y Niñas

La mejor manera de proteger la infancia de los niños, es decir “no” a las normas que la sociedad pretende imponer. Se trata de dejar que los niños sean simplemente eso, niños. La vía para proteger el equilibrio mental y emocional de los niños consiste en educar en la simplicidad. Para lograrlo se recomiendan:

  • No los atiborrés de actividades extraescolares que, a la larga, probablemente no le servirán de mucho.
  • Dejales tiempo libre para que jueguen, preferentemente con otros pequeños o con juguetes que puedan estimular su creatividad, no con juegos estructurados.
  • Pasá tiempo de calidad con ellos, es el mejor regalo que pueden hacerles los padres. Botá el maldito celular y jugá con ellos.
  • Creá un espacio de tranquilidad en sus vidas donde puedan refugiarse del caos cotidiano y aliviar el estrés. Que el domingo sea para pasar en familia
  • Asegurate de que duermen lo suficiente y descansan. Nada de dormirse hasta las 2 de la mañana jugando en la compu o el cel. ¡Sacá la tele del cuarto!
  • Reducí la cantidad de información, asegurándose de que esta sea comprensible y adecuada a su edad, lo cual implica hacer un uso más racional de la tecnología. ¡Ojo con la cantidad de contenidos que ahora dan en los colegios!
  • Simplificles su entorno, apostando por menos juguetes y cerciorándote de que estos estimulan realmente su fantasía.
  • Disminuí las expectativas sobre su desempeño, dejándoles que sean simplemente niños. Olvidate de que van a ser los fundadores de otro Microsoft o de Apple.

Y para finalizar, aunque te caiga mal la frasesita y te dé retortijones:

¡HAY QUE ENSEÑARLES A PERDER!

Recordá que los niños tienen toda la vida por delante para ser adultos, mientras tanto, dejá que sean niños y disfruten de su infancia.


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2 Comentarios en “El Exceso de estímulos y El Déficit de Atención