10 consejos para evitar las mentiras en tus hijos


¿Por qué mienten los niños?

En primer lugar hay que decir que por debajo de los tres años los niños no mienten, aunque digan cosas que no sean verdad, pues para ellos lo que dicen es verdad y punto. Me refiero a un tipo de pensamiento llamado “mágico” en el que predomina lo irreal sobre lo real, y en el que la realidad y la fantasía no tienen fronteras bien delimitadas, por lo que los padres no deben considerar sus fantasías como mentiras. De los cinco a los seis años, ya no cuentan sus fantasías, las siguen teniendo, pero ya saben distinguir bien éstas de la realidad.

Cuando un niño de siete o más años (que sacó una nota roja en el colegio) llegua a su casa y dice que ha perdido el boletín, podemos afirmar con certeza, que aquí sí tenemos una verdadera mentira, quizá la primera de su vida. O tal vez la primera fue cuando, al quebrar un objeto de valor dijo que no había sido él sino su hermano más pequeño. La vida ofrece al niño de esta edad múltiples ocasiones para este tipo de actuaciones que, en conjunto, reciben el nombre de “mentiras de defensa”. A veces no es su propia defensa sino la de otro, como cuando un profesor pregunta en clase: ¿quién fue?, y obtiene por respuesta un silencio sepulcral o, al revés, se acusan todos para que no haya ningún culpable.

Empieza a tener mayor conciencia de la realidad, a partir de los 6 años, y se da cuenta de que, a veces, alterando la verdad puede conseguir ciertos beneficios, empieza a moldear la realidad para obtener cosas, comienza a intentar engañar a los papás y es ahí donde la mentira puede ser un peligro serio. Estas mentiras aisladas no tienen importancia y algunas pudieran ser consideradas como válidas, según el contexto. Lo malo es cuando comienza ya a mentir por hábito, negando hasta las cosas más evidentes, convirtiéndose así en un “mentiroso descarado”.

A menudo es muy difícil para los padres saber si los niños están diciendo la verdad o no. Cuando los niños dicen la verdad, generalmente están relajados y sus expresiones faciales lo demuestran. Cuando los niños no dicen la verdad, sus expresiones faciales pueden demostrar esta ansiedad. Los padres deben escuchar cuidadosamente lo que sus hijos les dicen. ¿Existen contradicciones en lo que los niños dicen? ¿Tienen sentido sus palabras? ¿Es creíble lo que ellos dicen?  Si los niños dicen la verdad, usualmente sus palabras no suenan ensayadas, si lo que dicen suena ensayado, los padres pueden hacer preguntas para ver cómo reaccionan los niños al contestarlas.

La rigidez o las altas exigencias de los padres, también pueden provocar en los niños temor al castigo y motivarlos a mentir. Si lo obligás a sacarse buenas notas y lo castigás violentamente si le va mal, entonces el niño empieza a copiarse en los exámenes para que le vaya bien u ocultar la nota para evitar la sanción. Preguntate qué está llevando a tu hijo a mentir, a pesar que la honradez sea un valor que le hayás inculcado. ¡No hay que ser tan cavernícolas!

¿Qué pueden hacer los padres frente a las mentiras?

Explicá, discutí con tus hijos por qué es importante decir la verdad. Enseñales  los beneficios de decir la verdad desde chiquitos, haceles saber que al decir la verdad se ganan la confianza de otra gente. Enseñales que decir mentiras no es honesto, y que existen a menudo consecuencias negativas por mentir. Discutí los ejemplos de deshonestidad y honestidad que miran en la televisión o leen en libros.

Castigos por mentir.

Tenés que poner ciertas reglas, las cuales deben discutirse con los niños antes de establecerlas. Es una buena idea que separés el castigo por mentir y por portarse mal. El castigo debe ser menor cuando los niños se portan mal pero son honestos al respecto, que cuando se portan mal y mienten sobre ello. Tenés que asegurarte de que haya recompensa por ser honesto. La tendencia del niño a la franqueza o a la mentira depende en gran medida de la actitud con que los adultos reaccionan frente a la mentira. Te doy algunas pautas de conducta educativa:

  1. Dá el ejemplo. Los niños aprenden observando a sus padres que mienten a sus hijos y mienten en presencia de ellos, le enseñan a sus hijos que mentir es una conducta aceptable. “¡Papá, te busca doña Chepita!”, “¡Decile que no estoy!” ¿Te suena conocido este ejemplo?

  2. Creá un clima que favorezca la verdad. Atacar de frente la mentira sin lograr antes esta condición es una empresa llamada al fracaso.

  3. Analizá las causas de las mentiras. Dada la polivalencia y variedad de las mentiras infantiles, no se las puede juzgar con criterios simplistas. Habrá que comprender antes los motivos que impulsaron al niño a mentir, el sentido que para él tienen dichas “mentiras”.

  4. Buscá siempre las causas, sin olvidar que las que parecen evidentes para el adulto no suelen serlo tanto desde el punto de vista del niño. Más que la conducta mentirosa hay que tener en cuenta la condición psicológica que lo empujó a hacerlo. Su situación emotiva predispone al niño a distintas formas de mentira: la mentira de repliegue del niño tímido, que se siente desamparado ante las exigencias del contacto social; la mentira agresiva del niño colérico, que, ciego de ira, no encuentra la respuesta adecuada al momento; la mentira del miedoso, que trata de huir del peligro; la mentira “justiciera” o revanchista, que busca el desquite o la compensación de una inferioridad real o ficticia. Para comprender la importancia que las emociones tienen en el origen de la mentira, es preciso recordar que la mentira es el arma que el niño emplea ante una situación inesperada, de la cual duda que puede salir airoso con los medios normales que posee.

  5. Dejá de ser histérico(a). Muchas veces reaccionamos con ansiedad ante la simple posibilidad de la mentira: “¿Habrá dicho o no la verdad?” Y cuando la mentira es descubierta, entonces se acosa al niño, se multiplican las preguntas y los interrogatorios… y, haciendo gala de una gran desconfianza, ya no se le cree, aunque diga la verdad. Otras veces la ansiedad desemboca en explosiones exageradas de cólera, reproches sin fin, amenazas y vigilancia desmesurada. El niño es el primer sorprendido por la magnitud del efecto producido, y así descubre el enorme poder de su mentira, la que intentará ejercer de nuevo.

  6. Reprobá la mentira. La mentira es demasiado importante para tomarla a la ligera. Algunos adultos la acogen con indiferencia o aparentan no darse cuenta y tal actitud evita el choque frontal con el niño; pero no hay que olvidar que éste construye su juicio moral en conformidad con los juicios de los adultos. Una cosa es buena o mala según lo que oigan decir a éstos, así que es necesario, pues, hacerle comprender que la mentira forma parte de las acciones reprobables.

  7. No le celebrés las mentiras. No se puede admitir la mentira como “gracia o broma”, reírse con ella o alabar abiertamente la ocurrencia, ingenio o astucia de la que el niño da muestras. Con esta actitud se estimula la mentira y se oscurece el juicio moral. Sucede también que los padres que así obran, en otras ocasiones no dejan de censurar o castigar la mentira, por lo que, con tal incoherencia, comprometen gravemente su acción educativa.

  8. No seas apañador. Hay adultos que estimulan la mentira del niño utilizándola para sus fines particulares. Incitan al niño a mentir con ellos o a mentir en su lugar; para lograr la colaboración del niño le chantajean afectivamente con promesas o amenazas. Por tanto, es un comportamiento nocivo que compromete de forma importante la formación moral. “¡No le digás a tu papa que fuimos donde la Tere, porque te pijeo si se da cuenta!”

  9. No le reventés el cuero. Una educación severa, que pretende corregir los más mínimos defectos, enderezar los más pequeños errores, que multiplica las advertencias y las prohibiciones, malogra la autoridad. Pedagógicamente es más efectivo limitar las normas y las exigencias a un número reducido, lo que permite mantenerlas con firmeza y asegurar su aceptación y cumplimiento.

  10. Sé Responsable. Curar la mentira es más difícil que prevenirla. Cuando un niño se ha acostumbrado a mentir es porque han fallado las condiciones ambientales necesarias que previenen la mentira. El niño acepta su mentira como un fallo, y el sentimiento de culpa que la acompaña puede superarse mediante la confesión de la propia culpa. Pero en vano esperaremos que el niño reconozca su conducta, si no le ofrecemos confianza y comprensión, o si reaccionamos con escenas espectaculares o dramáticas.

La pelota está en tu cancha, te toca a vos revisar hasta dónde has fomentado o no las mentiras en tus hijos e hijas. Después no te quejés si te miente a los 15 años, vos hiciste ese Monstruo solito, sin ayuda de nadie, no busqués culpables pues.

Adaptado de “Todo queda en Familia”

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